Subí dando tumbos al porche de cemento y, mientras me hurgaba los bolsillos en busca de la llave de casa, eché un vistazo por la ventana. Dee y Marshall estaban acurrucados juntos en el sofá como dos pajarillos felices. Estaban comiendo tostadas y las migas volaban en todas direcciones de tan deprisa que hablaba mi hijo. Vi cómo se le movían los labios, formando unas palabras que mumca le había oído decir. Pegué el oído a la puerta, con el corazón acelerado, y escuché su voz excitada y entrecortada. Por un momento me pareció estar presenciando una especie de milagro. Pero luego, allí plantado, empecé a percatarme de que Marshall había hablado siempre, sólo que no en mi presencia.
Me aparté de la puerta y di una bocanada profunda de aire frío. Me di cuenta de que me encontraba en uno de esos momentos de la vida en que es posible hacer grandes cosas si estás dispuesto a tomar la decisión adecuada. Pasó un coche, iluminándome con los faros, y de pronto supe qué hacer. Me imaginé perfectamente regresando al cabo de un par de años, limpio y listo para sacar adelante a mi familia. De pronto me acordé del frasco de oxicodona que había en el botiquín y me detuve. Levanté las manos inmundas y me embadurné primero la cara de mierda y luego el pelo. Di media vuelta, agarré el pomo de la puerta y metí la llave en la cerradura. Oí que dentro de la caravana todo quedaba triste y en silencio mientras abría la puerta, pero no me importó. Solamente una vez más, solamente una más antes de marcharme, necesitaba sentirme bendecido.