Cosas de Suecos

—Si mi hermano hubiese vivido, habría sido perfecto. Tú pensabas eso, yo pensaba eso, y el emperador Yuri pensó lo mismo. Por lo tanto, a partir de entonces has tenido que conformarte con los restos de ese sangriento banquete, con el hijo que te dejó vivo el pelotón de Yuri el Loco. Nosotros los Vorkosigan sabemos conformarnos. —Bajó aún más la voz —. Pero mi primogénito vivirá. Yo no lo defraudaré.
Sus palabras fueron un tajo casi mortal en el vientre, un corte tan limpio que Bothari hubiese podido descargarlo con la espada de Koudelka. Piotr exhaló un suspiro de incertidumbre y dolor.
La expresión de Aral se tornó introvertida.
—No volveré a defraudarlo —se corrigió en voz baja—. Tú nunca tuviste esa segunda oportunidad, padre. —Aflojó las manos a sus espaldas. Con un movimiento de cabeza ignoró a Piotr y a todo lo que éste pudiese replicar.
Frustrado por segunda vez y profundamente dolido por su paso en falso, Piotr miró a su alrededor buscando alguien en quien descargar su ira. Entonces posó los ojos sobre Bothari, quien lo contemplaba con rostro impasible.
—Y tú. Desde un principio has participado en esto. ¿Mi hijo te ha enviado a mi casa como espía? ¿Me obedeces a mí o a él?
En los ojos de Bothari apareció un brillo extraño. Su cabeza se movió en dirección a Cordelia.
—A ella.

—Si mi hermano hubiese vivido, habría sido perfecto. Tú pensabas eso, yo pensaba eso, y el emperador Yuri pensó lo mismo. Por lo tanto, a partir de entonces has tenido que conformarte con los restos de ese sangriento banquete, con el hijo que te dejó vivo el pelotón de Yuri el Loco. Nosotros los Vorkosigan sabemos conformarnos. —Bajó aún más la voz —. Pero mi primogénito vivirá. Yo no lo defraudaré.

Sus palabras fueron un tajo casi mortal en el vientre, un corte tan limpio que Bothari hubiese podido descargarlo con la espada de Koudelka. Piotr exhaló un suspiro de incertidumbre y dolor.

La expresión de Aral se tornó introvertida.

—No volveré a defraudarlo —se corrigió en voz baja—. Tú nunca tuviste esa segunda oportunidad, padre. —Aflojó las manos a sus espaldas. Con un movimiento de cabeza ignoró a Piotr y a todo lo que éste pudiese replicar.

Frustrado por segunda vez y profundamente dolido por su paso en falso, Piotr miró a su alrededor buscando alguien en quien descargar su ira. Entonces posó los ojos sobre Bothari, quien lo contemplaba con rostro impasible.

—Y tú. Desde un principio has participado en esto. ¿Mi hijo te ha enviado a mi casa como espía? ¿Me obedeces a mí o a él?

En los ojos de Bothari apareció un brillo extraño. Su cabeza se movió en dirección a Cordelia.

—A ella.


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