Admitiré que estaba enamorada de Erik y que se lo había hecho saber mediante un sutil toque de manos y un susurro, dos semanas atrás; pero debido a mi Tourette, también le dije: “Fóllame, por favor, fóllame”. Mis sentimientos no obtuvieron reciprocidad y, como consecuencia, dejé de ser un caso de caridad para transformarme en una persona con habilidades diferentes. La tarde del aguijonazo se dejó caer por allí solo porque todavía tenía que inventar un modo de apartarme de su rebaño o de encontrar a alguien que se hiciera cargo de la venta semianual de pastas. Había traído a Eva como escudo y eso me enfadó porque, claro, yo quería verla muerta de la peor manera posible. Todos piensan que soy una especie de felpudo pero, como todos, a veces siento ganas de matar.