Al principio de estar en este país narraba historias mudas. Se las contaba a la gente que me había molestado. Si alguien se colaba, no me hacía caso, me apartaba o tropezaba conmigo, lo miraba, fijamente, y le transmitía en silencio una de mis historias. “No lo entiendes -les decía. No añadirías más sufrimiento si supieras lo que he pasado.” Y hasta que esa persona salía de mi vista le hablaba de Deng, que murió después de comer carne de elefante casi cruda, o de Ahok y Awach Ugieth, dos gemelas que fueron secuestradas por jinetes árabes y que, si siguen vivas a día de hoy, habrán tenido hijos de esos hombres a quienes ellos las vendieron. “¿Puedes creerlo?” Esas gemelas inocentes apenas recuerdan nada de mí, ni de nuestro pueblo, ni de sus padres. “¿Te lo imaginas?” Cuando terminaba de hablar con esa persona, proseguía con mis historias, hablándole al aire, al cielo. Es incorrecto decir que “solía” contar esas historias. Aún lo hago, y no solo a aquellos que me han molestado de algún modo. Las historias emanan de mí siempre que estoy despierto y respiro, y quiero que las oigan. La palabra escrita no es habitual en los pueblos como el mío, y tengo el derecho y la obligación de esparcir mis historias por el mundo, aunque sea en silencio, aunque no sirva para nada.