Cosas de Suecos

–Acabemos con esto. ¿Lord Vorkosigan?
Miles se sacudió en su asiento, sorprendido.
–¿Señora? –hizo una pequeña reverencia –. A sus órdenes.
–Bien. ¿Quiere casarse conmigo?
Una especie de rugido, como el mar, llenó la cabeza de Miles; durante un momento, sólo hubo dos personas en la cámara, no doscientas. Si aquello era un plan para impresionar a sus colegas con su inocencia, ¿funcionaría? ¿A quién le importa? ¡Aprovecha el momento! ¡Quédate con la mujer! ¡No dejes que se vuelva a escapar! Una comisura de su boca se alzó, luego la otra; luego una amplia sonrisa se apoderó de todo su rostro. Se volvió hacia ella.
–Vaya, sí, señora. Por supuesto. ¿Ahora?
Ella pareció un poco apurada al imaginar que él abandonaba la cámara inmediatamente, para hacerla cumplir su oferta en ese mismo momento, antes de que pudiera cambiar de opinión. Bueno, estaba dispuesto si ella estaba dispuesta… Ella le indicó que se sentase.
–Lo discutiremos más tarde. Zanjemos este asunto.
–Será un placer –sonrió ferozmente a Richars, que ahora boqueaba como un pez. Él sonrió.
Doscientos testigos. No puede echarse atrás ahora…
–Se acabó esa línea de razonamiento, lord Richars –concluyó Ekaterin. Se sentó haciendo un gesto de sacudirse las manos, y añadió, en modo alguno entre dientes –: Idiota.

–Acabemos con esto. ¿Lord Vorkosigan?

Miles se sacudió en su asiento, sorprendido.

–¿Señora? –hizo una pequeña reverencia –. A sus órdenes.

–Bien. ¿Quiere casarse conmigo?

Una especie de rugido, como el mar, llenó la cabeza de Miles; durante un momento, sólo hubo dos personas en la cámara, no doscientas. Si aquello era un plan para impresionar a sus colegas con su inocencia, ¿funcionaría? ¿A quién le importa? ¡Aprovecha el momento! ¡Quédate con la mujer! ¡No dejes que se vuelva a escapar! Una comisura de su boca se alzó, luego la otra; luego una amplia sonrisa se apoderó de todo su rostro. Se volvió hacia ella.

–Vaya, sí, señora. Por supuesto. ¿Ahora?

Ella pareció un poco apurada al imaginar que él abandonaba la cámara inmediatamente, para hacerla cumplir su oferta en ese mismo momento, antes de que pudiera cambiar de opinión. Bueno, estaba dispuesto si ella estaba dispuesta… Ella le indicó que se sentase.

–Lo discutiremos más tarde. Zanjemos este asunto.

–Será un placer –sonrió ferozmente a Richars, que ahora boqueaba como un pez. Él sonrió.

Doscientos testigos. No puede echarse atrás ahora…

–Se acabó esa línea de razonamiento, lord Richars –concluyó Ekaterin. Se sentó haciendo un gesto de sacudirse las manos, y añadió, en modo alguno entre dientes –: Idiota.


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