Cosas de Suecos

—¿Ha tenido muchas novias?
Si no las había tenido, tendría que considerar que todas las de su sexo eran idiotas congénitas. Este hombre podía hacer salir serpientes de los agujeros, a niños de nueve años de los cuartos de baño donde estaban encerrados y a terroristas komarreses de sus búnkeres. ¿Por qué no había mujeres siguiéndolo a manadas? ¿No podía ver ninguna mujer barrayaresa más allá de la superficie, o de sus estiradas narices?
—Hum…,—un largo instante de vacilación—. La progresión habitual, supongo. Primer amor sin esperanza, esto y lo otro a través de los años, arrebatos de locura no correspondidos…
—¿Quién fue el primer amor sin esperanza? —preguntó ella, fascinada.
—Elena. La hija de uno de los hombres de mi padre, que era mi guardaespaldas cuando yo era joven.
—¿Sigue todavía en Barrayar?
—No, emigró hace años. Hizo carrera militar y se retiró con el grado de capitán. Ahora es comandante comercial.
—¿Naves de salto?
—Sí.
—Nikki se sentiría tan envidioso. Hum… ¿qué es exactamente esto y lo otro? —Si puedo preguntarlo.
—Ehh. Bueno. Sí, creo que puede, considerando las cosas. Mejor tarde que temprano, opino.
Él se volvía terriblemente barrayarés, pensó Ekaterin: el uso de aquel «opino» era puro dialecto montañés Dendarii. Este estallido de confianza era al menos tan entretenido como aplicarle la pentarrápida.
Mejor, dado lo que había dicho sobre su extraña reacción a la droga.
—Estuvo Elli. Era una mercenaria libre cuando la conocí.
—¿Qué es ahora?
—Almirante de la Flota.
—Así que ella fue esto. ¿Quién fue lo otro?
—Estuvo Taura.
—¿Qué era, cuando la conoció?
—Una esclava jacksoniana. De la Casa Ryoval… la Casa Ryoval solía ser muy mala.
—Tendré que preguntarle alguna vez sobre esas misiones encubiertas suyas… ¿Qué es ahora?
—Sargento mayor en una flota mercenaria.
—¿La misma flota que, hum, esto?
—Sí.
Ella alzó las cejas. Su tía volvía a tener un dedo sobre los labios, los ojos encendidos de risa; no, la profesora no iba a interferir en esto.
—¿Y…? —le instó empezando a sentirse inmensamente curiosa sobre cuánto rato continuaría así. ¿Por qué demonios pensaba que su historia romántica era algo que ella debería conocer? No es que ella fuera a detenerlo… ni la tía Vorthys, al parecer, ni por un soborno de cinco kilos de bombones. Pero su opinión secreta acerca de su sexo empezó a mejorar.
—Hum… estuvo Rowan. Eso fue… eso fue breve.
—¿Y ella era…?
—Sierva técnica de la Casa Fell. Ahora es, me alegro decirlo, cirujana de criorresurrección en una clínica independiente de Escobar. Está muy contenta con su nueva ciudadanía. Ekaterin advirtió que Tien la había protegido orgullosamente, en la pequeña fortaleza Vor de su casa. Tien había pasado una década protegiéndola tanto, sobre todo de cualquier cosa que se pareciera al desarrollo, que apenas se consideraba más completa a los treinta que a los veinte. Fuera lo que fuese que Vorkosigan había ofrecido a esta extraordinaria lista de amantes, no había sido protección.
—¿Empieza a notar una tendencia en todo esto, Lord Vorkosigan?
—Sí —replicó él, a regañadientes—. Ninguna de ellas quiso casarse conmigo y venirse a vivir a Barrayar.
—Y bien… ¿qué hay del arrebato de locura no correspondido?
—Ah. Ésa fue Rian. Yo era joven, apenas un teniente novato en una misión diplomática.
—¿Y qué hace ella ahora?
Él se aclaró la garganta.
—¿Ahora? Es emperatriz —y añadió, bajo la presión de la mirada de Ekaterin—: De Cetaganda. Tienen varias, ¿sabe?
Se produjo un largo silencio. Él se agitó incómodo en su silla, y su sonrisa asomó y desapareció intermitentemente.
Ella apoyó la barbilla en su mano, y lo miró. Alzó las cejas, en deliciosa evaluación.
—Lord Vorkosigan. ¿Puedo tomar un número y ponerme a la cola?

—¿Ha tenido muchas novias?

Si no las había tenido, tendría que considerar que todas las de su sexo eran idiotas congénitas. Este hombre podía hacer salir serpientes de los agujeros, a niños de nueve años de los cuartos de baño donde estaban encerrados y a terroristas komarreses de sus búnkeres. ¿Por qué no había mujeres siguiéndolo a manadas? ¿No podía ver ninguna mujer barrayaresa más allá de la superficie, o de sus estiradas narices?

—Hum…,—un largo instante de vacilación—. La progresión habitual, supongo. Primer amor sin esperanza, esto y lo otro a través de los años, arrebatos de locura no correspondidos…

—¿Quién fue el primer amor sin esperanza? —preguntó ella, fascinada.

—Elena. La hija de uno de los hombres de mi padre, que era mi guardaespaldas cuando yo era joven.

—¿Sigue todavía en Barrayar?

—No, emigró hace años. Hizo carrera militar y se retiró con el grado de capitán. Ahora es comandante comercial.

—¿Naves de salto?

—Sí.

—Nikki se sentiría tan envidioso. Hum… ¿qué es exactamente esto y lo otro? —Si puedo preguntarlo.

—Ehh. Bueno. Sí, creo que puede, considerando las cosas. Mejor tarde que temprano, opino.

Él se volvía terriblemente barrayarés, pensó Ekaterin: el uso de aquel «opino» era puro dialecto montañés Dendarii. Este estallido de confianza era al menos tan entretenido como aplicarle la pentarrápida.

Mejor, dado lo que había dicho sobre su extraña reacción a la droga.

—Estuvo Elli. Era una mercenaria libre cuando la conocí.

—¿Qué es ahora?

—Almirante de la Flota.

—Así que ella fue esto. ¿Quién fue lo otro?

—Estuvo Taura.

—¿Qué era, cuando la conoció?

—Una esclava jacksoniana. De la Casa Ryoval… la Casa Ryoval solía ser muy mala.

—Tendré que preguntarle alguna vez sobre esas misiones encubiertas suyas… ¿Qué es ahora?

—Sargento mayor en una flota mercenaria.

—¿La misma flota que, hum, esto?

—Sí.

Ella alzó las cejas. Su tía volvía a tener un dedo sobre los labios, los ojos encendidos de risa; no, la profesora no iba a interferir en esto.

—¿Y…? —le instó empezando a sentirse inmensamente curiosa sobre cuánto rato continuaría así. ¿Por qué demonios pensaba que su historia romántica era algo que ella debería conocer? No es que ella fuera a detenerlo… ni la tía Vorthys, al parecer, ni por un soborno de cinco kilos de bombones. Pero su opinión secreta acerca de su sexo empezó a mejorar.

—Hum… estuvo Rowan. Eso fue… eso fue breve.

—¿Y ella era…?

—Sierva técnica de la Casa Fell. Ahora es, me alegro decirlo, cirujana de criorresurrección en una clínica independiente de Escobar. Está muy contenta con su nueva ciudadanía. Ekaterin advirtió que Tien la había protegido orgullosamente, en la pequeña fortaleza Vor de su casa. Tien había pasado una década protegiéndola tanto, sobre todo de cualquier cosa que se pareciera al desarrollo, que apenas se consideraba más completa a los treinta que a los veinte. Fuera lo que fuese que Vorkosigan había ofrecido a esta extraordinaria lista de amantes, no había sido protección.

—¿Empieza a notar una tendencia en todo esto, Lord Vorkosigan?

—Sí —replicó él, a regañadientes—. Ninguna de ellas quiso casarse conmigo y venirse a vivir a Barrayar.

—Y bien… ¿qué hay del arrebato de locura no correspondido?

—Ah. Ésa fue Rian. Yo era joven, apenas un teniente novato en una misión diplomática.

—¿Y qué hace ella ahora?

Él se aclaró la garganta.

—¿Ahora? Es emperatriz —y añadió, bajo la presión de la mirada de Ekaterin—: De Cetaganda. Tienen varias, ¿sabe?

Se produjo un largo silencio. Él se agitó incómodo en su silla, y su sonrisa asomó y desapareció intermitentemente.

Ella apoyó la barbilla en su mano, y lo miró. Alzó las cejas, en deliciosa evaluación.

—Lord Vorkosigan. ¿Puedo tomar un número y ponerme a la cola?


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