Cosas de Suecos

«Tal vez haya mejores clarinetistas de jazz que Barney Bigard, pero por mucho que busque no encuentro a ninguno que tocara con tanta calidez y delicadeza», le había dicho ella. Sus ejecuciones – en sus mejores momentos, por supuesto– siempre se convertían en un paisaje sensorial. Sin embargo, Tengo desconocía cómo eran otros clarinetistas de jazz. En cualquier caso, a fuerza de escucharlo se fue dando cuenta, poco a poco, de que en ese álbum el clarinete poseía una bella presencia, nada forzada, sustanciosa e imaginativa. Pero para comprenderlo tuvo que escucharlo con mucha atención. También necesitó una guía competente. Si se hubiera limitado a escuchar, lo habría pasado por alto.
«Barney Bigard tiene una forma de tocar preciosa, como un jugador, con mucho talento, de la segunda base», le había dicho ella una vez.«Sus solos son fantásticos, pero cuando mejor se aprecia su arte es en los momentos en que acompaña a otros. Hace que cosas realmente difíciles parezcan un juego de niños. Sólo un oyente atento se da cuenta del valor que tiene.»
Cada vez que empezaba la sexta pieza de la cara B del LP Atlanta Blues, ella se agarraba a alguna parte del cuerpo de Tengo y ponía por las nubes al modesto y preciso solo de Bigard, que se intercalaba entre el canto y el solo de Louis Armstrong. «¡Mira, presta atención! Al principio, de pronto suena un largo chillido, como de un niño pequeño. Quizás una efusión de sorpresa o alegría, o una muestra de dicha. Se convierte en un placentero suspiro, que avanza serpenteando por un bello cauce y se va desvaneciendo de manera natural en algún lugar armonioso y secreto. ¡Escucha! Nadie más puede tocar un solo tan conmovedor. Jimmie Noone, Sidney Bechet, Pee Wee o Benny Goodman son todos grandes clarinetistas, pero ninguno puede conseguir esa especie de delicadas obras de artesanía.»

«Tal vez haya mejores clarinetistas de jazz que Barney Bigard, pero por mucho que busque no encuentro a ninguno que tocara con tanta calidez y delicadeza», le había dicho ella. Sus ejecuciones – en sus mejores momentos, por supuesto– siempre se convertían en un paisaje sensorial. Sin embargo, Tengo desconocía cómo eran otros clarinetistas de jazz. En cualquier caso, a fuerza de escucharlo se fue dando cuenta, poco a poco, de que en ese álbum el clarinete poseía una bella presencia, nada forzada, sustanciosa e imaginativa. Pero para comprenderlo tuvo que escucharlo con mucha atención. También necesitó una guía competente. Si se hubiera limitado a escuchar, lo habría pasado por alto.

«Barney Bigard tiene una forma de tocar preciosa, como un jugador, con mucho talento, de la segunda base», le había dicho ella una vez.«Sus solos son fantásticos, pero cuando mejor se aprecia su arte es en los momentos en que acompaña a otros. Hace que cosas realmente difíciles parezcan un juego de niños. Sólo un oyente atento se da cuenta del valor que tiene.»

Cada vez que empezaba la sexta pieza de la cara B del LP Atlanta Blues, ella se agarraba a alguna parte del cuerpo de Tengo y ponía por las nubes al modesto y preciso solo de Bigard, que se intercalaba entre el canto y el solo de Louis Armstrong. «¡Mira, presta atención! Al principio, de pronto suena un largo chillido, como de un niño pequeño. Quizás una efusión de sorpresa o alegría, o una muestra de dicha. Se convierte en un placentero suspiro, que avanza serpenteando por un bello cauce y se va desvaneciendo de manera natural en algún lugar armonioso y secreto. ¡Escucha! Nadie más puede tocar un solo tan conmovedor. Jimmie Noone, Sidney Bechet, Pee Wee o Benny Goodman son todos grandes clarinetistas, pero ninguno puede conseguir esa especie de delicadas obras de artesanía.»


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