Cosas de Suecos

Personas que dominen la técnica de patear testículos, como Aomame, seguro que se pueden contar con los dedos de una mano. Cada día estudiaba diferentes modelos de patadas, y no faltaba el entrenamiento práctico. Lo más importante al dar una patada en los testículos es eliminar todo sentimiento de duda. Hay que atacar de súbito la parte más frágil del oponente, despiadadamente y con ferocidad. Como cuando Hitler, haciendo caso omiso de la declaración de neutralidad de Holanda y Bélgica e invadiendo estos países, desveló los puntos débiles de la Línea Maginot y no le resultó difícil conseguir que Francia capitulara. No se puede vacilar. Un titubeo momentáneo puede resultar fatal.
De una manera general podríamos decir que, excepto ése, apenas hay métodos para que una mujer venza a un hombre de mayor estatura y con más fuerza en un combate de uno contra uno. Aomame estaba plenamente convencida. Esa porción de cuerpo es el punto más débil que posee -o que lleva colgando- ese ser vivo llamado hombre. Y en la mayoría de los casos no estaba protegida de manera eficaz. Sería una pena desaprovechar tal ventaja.
Era obvio que Aomame, siendo mujer, no podía entender qué tipo de dolor, en concreto, era el que se sentía cuando a uno le pateaban los testículos a conciencia. Ni siquiera podía suponerlo. Pero que debía de ser un dolor considerable se lo imaginaba, más o menos, por la reacción y el semblante de aquellos a los que había dado patadas. Por mucha fuerza que tuvieran los hombres, por muy duros que fueran, parecían incapaces de soportar aquel dolor. Como si fuera acompañado de una gran pérdida de amor propio.
-Es un dolor como si el mundo fuera a acabarse de un momento a otro. No se puede comparar con nada más. Es diferente de un simple dolor -le dijo cierto hombre tras reflexionar, al pedirle Aomame una explicación. Ella le dio vueltas a aquel símil durante un buen rato. ¿El fin del mundo?
-Entonces, en otras palabras, ¿que el mundo se vaya a acabar de un momento a otro es como si te dieran una buena patada en los testículos? -preguntó Aomame.
-Como no he vivido el fin del mundo, no puedo afirmarlo, pero tal vez sea así -dijo el hombre, y clavó una mirada vaga en el aire-. No se siemte más que una profunda impotencia. Es oscuro y angustioso y no hay salvación.

Personas que dominen la técnica de patear testículos, como Aomame, seguro que se pueden contar con los dedos de una mano. Cada día estudiaba diferentes modelos de patadas, y no faltaba el entrenamiento práctico. Lo más importante al dar una patada en los testículos es eliminar todo sentimiento de duda. Hay que atacar de súbito la parte más frágil del oponente, despiadadamente y con ferocidad. Como cuando Hitler, haciendo caso omiso de la declaración de neutralidad de Holanda y Bélgica e invadiendo estos países, desveló los puntos débiles de la Línea Maginot y no le resultó difícil conseguir que Francia capitulara. No se puede vacilar. Un titubeo momentáneo puede resultar fatal.

De una manera general podríamos decir que, excepto ése, apenas hay métodos para que una mujer venza a un hombre de mayor estatura y con más fuerza en un combate de uno contra uno. Aomame estaba plenamente convencida. Esa porción de cuerpo es el punto más débil que posee -o que lleva colgando- ese ser vivo llamado hombre. Y en la mayoría de los casos no estaba protegida de manera eficaz. Sería una pena desaprovechar tal ventaja.

Era obvio que Aomame, siendo mujer, no podía entender qué tipo de dolor, en concreto, era el que se sentía cuando a uno le pateaban los testículos a conciencia. Ni siquiera podía suponerlo. Pero que debía de ser un dolor considerable se lo imaginaba, más o menos, por la reacción y el semblante de aquellos a los que había dado patadas. Por mucha fuerza que tuvieran los hombres, por muy duros que fueran, parecían incapaces de soportar aquel dolor. Como si fuera acompañado de una gran pérdida de amor propio.

-Es un dolor como si el mundo fuera a acabarse de un momento a otro. No se puede comparar con nada más. Es diferente de un simple dolor -le dijo cierto hombre tras reflexionar, al pedirle Aomame una explicación. Ella le dio vueltas a aquel símil durante un buen rato. ¿El fin del mundo?

-Entonces, en otras palabras, ¿que el mundo se vaya a acabar de un momento a otro es como si te dieran una buena patada en los testículos? -preguntó Aomame.

-Como no he vivido el fin del mundo, no puedo afirmarlo, pero tal vez sea así -dijo el hombre, y clavó una mirada vaga en el aire-. No se siemte más que una profunda impotencia. Es oscuro y angustioso y no hay salvación.


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