–¿Eso es lo que pretende? –quiso saber Illyan –. ¿Una oportunidad para acabar con la carrera de su marido? ¿Le parece leal, señora?
–Lo que yo pretendo es sacarlo vivo de Vorbarr Sultana –dijo ella con voz de hielo –, cosa que estos últimos años había perdido la esperanza de conseguir. Usted elija sus propias lealtades. Yo me ocupo de las mías.
–¿Quién es capaz de sucederlo? –preguntó Illyan, con voz quejosa.
–Unos cuantos. Racozy, Vorhalas o Sendorf, por citar tan sólo a tres. Y si no, hay algo terriblemente malo en el liderazgo de Aral. La marca de un gran hombre es el legado que deja detrás, hombres a quienes ha pasado sus habilidades. Si usted cree que Aral es tan pequeño que ha paralizado o eliminado a otros a su alrededor, esparciendo la mezquindad como una plaga, entonces tal vez a Barrayar le convenga librarse de él.
–¡Usted sabe que yo no creo eso!
–Perfecto. Entonces su argumento se aniquila a sí mismo.