Cosas de Suecos

–¿Y eso fue idea suya, o se lo sugirió Alexi?
–Yo… –Vassily vaciló, y frunció el ceño –. La verdad es que lo sugirió Alexi.
–Ya veo. –Gregor miró a su lacayo, de pie junto a la pared, y dijo con claridad –: Gerard, toma nota. Ésta es la tercera vez este mes que el ocupado teniente Vormoncrief llama negativamente mi atención en asuntos políticos. Recuérdanos que le busquemos un puesto en algún lugar del Imperio donde esté menos ocupado.

–¿Y eso fue idea suya, o se lo sugirió Alexi?

–Yo… Vassily vaciló, y frunció el ceño –. La verdad es que lo sugirió Alexi.

–Ya veo. –Gregor miró a su lacayo, de pie junto a la pared, y dijo con claridad –: Gerard, toma nota. Ésta es la tercera vez este mes que el ocupado teniente Vormoncrief llama negativamente mi atención en asuntos políticos. Recuérdanos que le busquemos un puesto en algún lugar del Imperio donde esté menos ocupado.


–Acabemos con esto. ¿Lord Vorkosigan?
Miles se sacudió en su asiento, sorprendido.
–¿Señora? –hizo una pequeña reverencia –. A sus órdenes.
–Bien. ¿Quiere casarse conmigo?
Una especie de rugido, como el mar, llenó la cabeza de Miles; durante un momento, sólo hubo dos personas en la cámara, no doscientas. Si aquello era un plan para impresionar a sus colegas con su inocencia, ¿funcionaría? ¿A quién le importa? ¡Aprovecha el momento! ¡Quédate con la mujer! ¡No dejes que se vuelva a escapar! Una comisura de su boca se alzó, luego la otra; luego una amplia sonrisa se apoderó de todo su rostro. Se volvió hacia ella.
–Vaya, sí, señora. Por supuesto. ¿Ahora?
Ella pareció un poco apurada al imaginar que él abandonaba la cámara inmediatamente, para hacerla cumplir su oferta en ese mismo momento, antes de que pudiera cambiar de opinión. Bueno, estaba dispuesto si ella estaba dispuesta… Ella le indicó que se sentase.
–Lo discutiremos más tarde. Zanjemos este asunto.
–Será un placer –sonrió ferozmente a Richars, que ahora boqueaba como un pez. Él sonrió.
Doscientos testigos. No puede echarse atrás ahora…
–Se acabó esa línea de razonamiento, lord Richars –concluyó Ekaterin. Se sentó haciendo un gesto de sacudirse las manos, y añadió, en modo alguno entre dientes –: Idiota.

–Acabemos con esto. ¿Lord Vorkosigan?

Miles se sacudió en su asiento, sorprendido.

–¿Señora? –hizo una pequeña reverencia –. A sus órdenes.

–Bien. ¿Quiere casarse conmigo?

Una especie de rugido, como el mar, llenó la cabeza de Miles; durante un momento, sólo hubo dos personas en la cámara, no doscientas. Si aquello era un plan para impresionar a sus colegas con su inocencia, ¿funcionaría? ¿A quién le importa? ¡Aprovecha el momento! ¡Quédate con la mujer! ¡No dejes que se vuelva a escapar! Una comisura de su boca se alzó, luego la otra; luego una amplia sonrisa se apoderó de todo su rostro. Se volvió hacia ella.

–Vaya, sí, señora. Por supuesto. ¿Ahora?

Ella pareció un poco apurada al imaginar que él abandonaba la cámara inmediatamente, para hacerla cumplir su oferta en ese mismo momento, antes de que pudiera cambiar de opinión. Bueno, estaba dispuesto si ella estaba dispuesta… Ella le indicó que se sentase.

–Lo discutiremos más tarde. Zanjemos este asunto.

–Será un placer –sonrió ferozmente a Richars, que ahora boqueaba como un pez. Él sonrió.

Doscientos testigos. No puede echarse atrás ahora…

–Se acabó esa línea de razonamiento, lord Richars –concluyó Ekaterin. Se sentó haciendo un gesto de sacudirse las manos, y añadió, en modo alguno entre dientes –: Idiota.


Suspiró, llena de cansancio anticipado, y abrió la carta con cuidado. Como la dirección, la hoja de dentro estaba escrita a mano.
« Querida señora Vorsoisson – empezaba –. Lo siento.
» Éste es el undécimo borrador de esta carta. Todos han empezado con esas dos palabras, incluso la horrible versión rimada, así que supongo que sirven.
La mente de Ekaterin se detuvo. Por un momento, sólo pudo preguntarse quién vaciaba sus papeleras y si sería sobornable. Pym, probablemente, y seguro que no. Apartó la visión de su mente y continuó leyendo.
« Una vez me pidió usted que no le mintiera nunca. Muy bien. Le diré la verdad ahora, aunque no sea lo más inteligente, ni lo más apropiado.
» Traté de robarla, de tender una emboscada y apresar lo que pensé que nunca podría ganar o que nunca se me entregaría. No era usted una nave que abordar, pero no se me ocurrió ningún otro plan más que el subterfugio y la sorpresa. Aunque no una sorpresa tan grande como la que sucedió en la cena. La revolución empezó antes de tiempo porque el idiota conspirador reveló su bombardeo sorpresa y encendió el cielo con sus intenciones. A veces esos accidentes acaban en nuevas naciones, pero con más frecuencia acaban mal, con ahorcamientos y decapitaciones. Y gente huyendo en la noche. No puedo lamentar haberle pedido que se case conmigo, porque ésa fue la parte auténtica de todo el humo y el fragor, pero me siento fatal por habérselo preguntado de tan mala manera.
» Aunque hubiera cumplido mi palabra con usted, al menos debería haber tenido el detalle de no decírselo a nadie, hasta que hubiera tenido usted el año de gracia y descanso que había pedido. Pero me aterró que eligiera primero a otro.»
¿Qué otro se imaginaba que iba a elegir, por el amor de Dios? Ella no quería a ninguno. Vormoncrief era imposible. Byerly Vorrutyer ni siquiera pretendía ser serio. ¿Enrique Borgos? Puaff. El mayor Zamori, bueno, Zamori parecía bastante agradable. Pero era aburrido. 
Se preguntó cuándo no ser aburrido se había convertido en su primer criterio para seleccionar pareja. ¿Unos diez minutos después de conocer a Miles, tal vez? Maldito fuera, por estropear su gusto. Y su juicio. Y… y…
Siguió leyendo.
« Así que utilicé el jardín como señuelo para acercarme a usted. Deliberada y conscientemente, di forma a una trampa con el deseo de su corazón. Por esto lo siento muchísimo. Estoy avergonzado.
» Se había ganado usted la oportunidad de crecer. Me gustaría fingir que no veía que habría un conflicto de intereses por mi parte al ser yo quien le diera la oportunidad, pero sería otra mentira. Pero me volvía loco verla caminar a pasitos cortos, cuando podría hacerlo a saltos. Sólo hay un breve momento de apogeo para hacer eso, en la mayoría de las vidas.
» La amo. Pero anhelo y ansío mucho más que su cuerpo. Quería poseer el poder de sus ojos, la manera en que ven unas formas y una belleza que no estaban allí antes y las sacan de l nada para darle solidez. Quería poseer el honor de su corazón, imbatido por los viles horrores de aquellas horas espantosas en Komarr. Quería su valor y su voluntad, su cautela y serenidad. Quería, supongo, su alma, y eso era querer demasiado.»
Ella soltó la carta, aturdida. Después de tomar aire unas cuantas veces, la cogió de nuevo.
« Quería darle una victoria. Pero la naturaleza esencial del triunfo es que no puede regalarse. Hay que ganárselo, y cuanto peor sea la probabilidad y más feroz la resistencia, mayor es el honor. Las victorias no pueden ser regalos.
» Pero los regalos pueden ser victorias, ¿no? Es lo que usted dijo. El jardín podría haber sido su regalo, una dote de talento, habilidad y visión.
» Sé que ya es demasiado tarde, pero quería decir que habría sido usted una victoria digna de nuestra Casa.
» Siempre a sus órdenes, Miles Vorkosigan.»

Suspiró, llena de cansancio anticipado, y abrió la carta con cuidado. Como la dirección, la hoja de dentro estaba escrita a mano.
« Querida señora Vorsoisson – empezaba –. Lo siento.
» Éste es el undécimo borrador de esta carta. Todos han empezado con esas dos palabras, incluso la horrible versión rimada, así que supongo que sirven.
La mente de Ekaterin se detuvo. Por un momento, sólo pudo preguntarse quién vaciaba sus papeleras y si sería sobornable. Pym, probablemente, y seguro que no. Apartó la visión de su mente y continuó leyendo.
« Una vez me pidió usted que no le mintiera nunca. Muy bien. Le diré la verdad ahora, aunque no sea lo más inteligente, ni lo más apropiado.
» Traté de robarla, de tender una emboscada y apresar lo que pensé que nunca podría ganar o que nunca se me entregaría. No era usted una nave que abordar, pero no se me ocurrió ningún otro plan más que el subterfugio y la sorpresa. Aunque no una sorpresa tan grande como la que sucedió en la cena. La revolución empezó antes de tiempo porque el idiota conspirador reveló su bombardeo sorpresa y encendió el cielo con sus intenciones. A veces esos accidentes acaban en nuevas naciones, pero con más frecuencia acaban mal, con ahorcamientos y decapitaciones. Y gente huyendo en la noche. No puedo lamentar haberle pedido que se case conmigo, porque ésa fue la parte auténtica de todo el humo y el fragor, pero me siento fatal por habérselo preguntado de tan mala manera.
» Aunque hubiera cumplido mi palabra con usted, al menos debería haber tenido el detalle de no decírselo a nadie, hasta que hubiera tenido usted el año de gracia y descanso que había pedido. Pero me aterró que eligiera primero a otro.»
¿Qué otro se imaginaba que iba a elegir, por el amor de Dios? Ella no quería a ninguno. Vormoncrief era imposible. Byerly Vorrutyer ni siquiera pretendía ser serio. ¿Enrique Borgos? Puaff. El mayor Zamori, bueno, Zamori parecía bastante agradable. Pero era aburrido. 
Se preguntó cuándo no ser aburrido se había convertido en su primer criterio para seleccionar pareja. ¿Unos diez minutos después de conocer a Miles, tal vez? Maldito fuera, por estropear su gusto. Y su juicio. Y… y…
Siguió leyendo.
« Así que utilicé el jardín como señuelo para acercarme a usted. Deliberada y conscientemente, di forma a una trampa con el deseo de su corazón. Por esto lo siento muchísimo. Estoy avergonzado.
» Se había ganado usted la oportunidad de crecer. Me gustaría fingir que no veía que habría un conflicto de intereses por mi parte al ser yo quien le diera la oportunidad, pero sería otra mentira. Pero me volvía loco verla caminar a pasitos cortos, cuando podría hacerlo a saltos. Sólo hay un breve momento de apogeo para hacer eso, en la mayoría de las vidas.
» La amo. Pero anhelo y ansío mucho más que su cuerpo. Quería poseer el poder de sus ojos, la manera en que ven unas formas y una belleza que no estaban allí antes y las sacan de l nada para darle solidez. Quería poseer el honor de su corazón, imbatido por los viles horrores de aquellas horas espantosas en Komarr. Quería su valor y su voluntad, su cautela y serenidad. Quería, supongo, su alma, y eso era querer demasiado.»
Ella soltó la carta, aturdida. Después de tomar aire unas cuantas veces, la cogió de nuevo.
« Quería darle una victoria. Pero la naturaleza esencial del triunfo es que no puede regalarse. Hay que ganárselo, y cuanto peor sea la probabilidad y más feroz la resistencia, mayor es el honor. Las victorias no pueden ser regalos.
» Pero los regalos pueden ser victorias, ¿no? Es lo que usted dijo. El jardín podría haber sido su regalo, una dote de talento, habilidad y visión.
» Sé que ya es demasiado tarde, pero quería decir que habría sido usted una victoria digna de nuestra Casa.
» Siempre a sus órdenes, Miles Vorkosigan.»


—¿Ha tenido muchas novias?
Si no las había tenido, tendría que considerar que todas las de su sexo eran idiotas congénitas. Este hombre podía hacer salir serpientes de los agujeros, a niños de nueve años de los cuartos de baño donde estaban encerrados y a terroristas komarreses de sus búnkeres. ¿Por qué no había mujeres siguiéndolo a manadas? ¿No podía ver ninguna mujer barrayaresa más allá de la superficie, o de sus estiradas narices?
—Hum…,—un largo instante de vacilación—. La progresión habitual, supongo. Primer amor sin esperanza, esto y lo otro a través de los años, arrebatos de locura no correspondidos…
—¿Quién fue el primer amor sin esperanza? —preguntó ella, fascinada.
—Elena. La hija de uno de los hombres de mi padre, que era mi guardaespaldas cuando yo era joven.
—¿Sigue todavía en Barrayar?
—No, emigró hace años. Hizo carrera militar y se retiró con el grado de capitán. Ahora es comandante comercial.
—¿Naves de salto?
—Sí.
—Nikki se sentiría tan envidioso. Hum… ¿qué es exactamente esto y lo otro? —Si puedo preguntarlo.
—Ehh. Bueno. Sí, creo que puede, considerando las cosas. Mejor tarde que temprano, opino.
Él se volvía terriblemente barrayarés, pensó Ekaterin: el uso de aquel «opino» era puro dialecto montañés Dendarii. Este estallido de confianza era al menos tan entretenido como aplicarle la pentarrápida.
Mejor, dado lo que había dicho sobre su extraña reacción a la droga.
—Estuvo Elli. Era una mercenaria libre cuando la conocí.
—¿Qué es ahora?
—Almirante de la Flota.
—Así que ella fue esto. ¿Quién fue lo otro?
—Estuvo Taura.
—¿Qué era, cuando la conoció?
—Una esclava jacksoniana. De la Casa Ryoval… la Casa Ryoval solía ser muy mala.
—Tendré que preguntarle alguna vez sobre esas misiones encubiertas suyas… ¿Qué es ahora?
—Sargento mayor en una flota mercenaria.
—¿La misma flota que, hum, esto?
—Sí.
Ella alzó las cejas. Su tía volvía a tener un dedo sobre los labios, los ojos encendidos de risa; no, la profesora no iba a interferir en esto.
—¿Y…? —le instó empezando a sentirse inmensamente curiosa sobre cuánto rato continuaría así. ¿Por qué demonios pensaba que su historia romántica era algo que ella debería conocer? No es que ella fuera a detenerlo… ni la tía Vorthys, al parecer, ni por un soborno de cinco kilos de bombones. Pero su opinión secreta acerca de su sexo empezó a mejorar.
—Hum… estuvo Rowan. Eso fue… eso fue breve.
—¿Y ella era…?
—Sierva técnica de la Casa Fell. Ahora es, me alegro decirlo, cirujana de criorresurrección en una clínica independiente de Escobar. Está muy contenta con su nueva ciudadanía. Ekaterin advirtió que Tien la había protegido orgullosamente, en la pequeña fortaleza Vor de su casa. Tien había pasado una década protegiéndola tanto, sobre todo de cualquier cosa que se pareciera al desarrollo, que apenas se consideraba más completa a los treinta que a los veinte. Fuera lo que fuese que Vorkosigan había ofrecido a esta extraordinaria lista de amantes, no había sido protección.
—¿Empieza a notar una tendencia en todo esto, Lord Vorkosigan?
—Sí —replicó él, a regañadientes—. Ninguna de ellas quiso casarse conmigo y venirse a vivir a Barrayar.
—Y bien… ¿qué hay del arrebato de locura no correspondido?
—Ah. Ésa fue Rian. Yo era joven, apenas un teniente novato en una misión diplomática.
—¿Y qué hace ella ahora?
Él se aclaró la garganta.
—¿Ahora? Es emperatriz —y añadió, bajo la presión de la mirada de Ekaterin—: De Cetaganda. Tienen varias, ¿sabe?
Se produjo un largo silencio. Él se agitó incómodo en su silla, y su sonrisa asomó y desapareció intermitentemente.
Ella apoyó la barbilla en su mano, y lo miró. Alzó las cejas, en deliciosa evaluación.
—Lord Vorkosigan. ¿Puedo tomar un número y ponerme a la cola?

—¿Ha tenido muchas novias?

Si no las había tenido, tendría que considerar que todas las de su sexo eran idiotas congénitas. Este hombre podía hacer salir serpientes de los agujeros, a niños de nueve años de los cuartos de baño donde estaban encerrados y a terroristas komarreses de sus búnkeres. ¿Por qué no había mujeres siguiéndolo a manadas? ¿No podía ver ninguna mujer barrayaresa más allá de la superficie, o de sus estiradas narices?

—Hum…,—un largo instante de vacilación—. La progresión habitual, supongo. Primer amor sin esperanza, esto y lo otro a través de los años, arrebatos de locura no correspondidos…

—¿Quién fue el primer amor sin esperanza? —preguntó ella, fascinada.

—Elena. La hija de uno de los hombres de mi padre, que era mi guardaespaldas cuando yo era joven.

—¿Sigue todavía en Barrayar?

—No, emigró hace años. Hizo carrera militar y se retiró con el grado de capitán. Ahora es comandante comercial.

—¿Naves de salto?

—Sí.

—Nikki se sentiría tan envidioso. Hum… ¿qué es exactamente esto y lo otro? —Si puedo preguntarlo.

—Ehh. Bueno. Sí, creo que puede, considerando las cosas. Mejor tarde que temprano, opino.

Él se volvía terriblemente barrayarés, pensó Ekaterin: el uso de aquel «opino» era puro dialecto montañés Dendarii. Este estallido de confianza era al menos tan entretenido como aplicarle la pentarrápida.

Mejor, dado lo que había dicho sobre su extraña reacción a la droga.

—Estuvo Elli. Era una mercenaria libre cuando la conocí.

—¿Qué es ahora?

—Almirante de la Flota.

—Así que ella fue esto. ¿Quién fue lo otro?

—Estuvo Taura.

—¿Qué era, cuando la conoció?

—Una esclava jacksoniana. De la Casa Ryoval… la Casa Ryoval solía ser muy mala.

—Tendré que preguntarle alguna vez sobre esas misiones encubiertas suyas… ¿Qué es ahora?

—Sargento mayor en una flota mercenaria.

—¿La misma flota que, hum, esto?

—Sí.

Ella alzó las cejas. Su tía volvía a tener un dedo sobre los labios, los ojos encendidos de risa; no, la profesora no iba a interferir en esto.

—¿Y…? —le instó empezando a sentirse inmensamente curiosa sobre cuánto rato continuaría así. ¿Por qué demonios pensaba que su historia romántica era algo que ella debería conocer? No es que ella fuera a detenerlo… ni la tía Vorthys, al parecer, ni por un soborno de cinco kilos de bombones. Pero su opinión secreta acerca de su sexo empezó a mejorar.

—Hum… estuvo Rowan. Eso fue… eso fue breve.

—¿Y ella era…?

—Sierva técnica de la Casa Fell. Ahora es, me alegro decirlo, cirujana de criorresurrección en una clínica independiente de Escobar. Está muy contenta con su nueva ciudadanía. Ekaterin advirtió que Tien la había protegido orgullosamente, en la pequeña fortaleza Vor de su casa. Tien había pasado una década protegiéndola tanto, sobre todo de cualquier cosa que se pareciera al desarrollo, que apenas se consideraba más completa a los treinta que a los veinte. Fuera lo que fuese que Vorkosigan había ofrecido a esta extraordinaria lista de amantes, no había sido protección.

—¿Empieza a notar una tendencia en todo esto, Lord Vorkosigan?

—Sí —replicó él, a regañadientes—. Ninguna de ellas quiso casarse conmigo y venirse a vivir a Barrayar.

—Y bien… ¿qué hay del arrebato de locura no correspondido?

—Ah. Ésa fue Rian. Yo era joven, apenas un teniente novato en una misión diplomática.

—¿Y qué hace ella ahora?

Él se aclaró la garganta.

—¿Ahora? Es emperatriz —y añadió, bajo la presión de la mirada de Ekaterin—: De Cetaganda. Tienen varias, ¿sabe?

Se produjo un largo silencio. Él se agitó incómodo en su silla, y su sonrisa asomó y desapareció intermitentemente.

Ella apoyó la barbilla en su mano, y lo miró. Alzó las cejas, en deliciosa evaluación.

—Lord Vorkosigan. ¿Puedo tomar un número y ponerme a la cola?


–¿Sabes lo que ha estado pasando en tu habitación de invitados?
Miles gruñó y se pasó las manos por el cabello; indicó a Ivan que se callara, trató de recordar la brillante manera en que iba a terminar aquel párrafo, no lo consiguió, se rindió y apagó la comuconsola.
–No hace falta gritar.
–No estoy gritando –dijo Ivan –. Estoy siendo firme.
–¿Podrías por favor ser firme a un volumen un poco más bajo?
–No. Simón, ¡Illyan se está acostando con mi madre, y es culpa tuya!
–Yo… no creo que lo sea.
–Está sucediendo en tu casa, al menos. Eres de algún modo responsable de las consecuencias.
–¿Qué consecuencias?
–¡No sé qué consecuencias! No sé qué demonios se supone que debo hacer. ¿Debería empezar a llamar papá a Illyan, o desafiarlo a un duelo?
–Bueno… podrías empezar considerando la posibilidad de que no es asunto tuyo. Son adultos, según creo.
–¡Son viejos, Miles! Es, es, es… indigno. O algo así. Escandaloso. Ella es alta Vor, y él, él… es Illyan.
–Una clase propia. –Miles sonrió –. Si yo fuera tú, no esperaría un gran escándalo. Me dio la impresión de que eran, um, razonablemente discretos. Tu madre lo hace todo con buen gusto. Además, siendo ella quien es, y siendo él quien es, ¿se atrevería alguien a hacer comentarios?
–Es embarazoso. Después de la ceremonia de compromiso de Gregor, y antes de que empiecen a preparar la boda, mi madre me ha dicho que van a tomarse una vacaciones en la costa sur durante medio mes. Juntos. En una especie de complejo turístico de clase medie del que nunca he oído hablar, y que Illyan escogió porque tampoco había oído hablar de él y cualquier sitio que nunca hubiera llamado la atención de SegImp le pareció bien. Ella dice que después del compromiso quiere tumbarse en la playa en una hamaca al sol todo el día y no hacer nada, y beber esas repugnantes bebidas con la fruta pinchada en un palito, y por la noche, dijo, seguro que ya se le ocurriría algo. ¡Santo Dios, Miles, mi propia madre!
–¿Cómo piensas que se convirtió en madre tuya? Entonces no tenían replicadores uterinos en Barrayar.
–Eso fue hace treinta años.
–Tiempo más que suficiente. La costa sur, ¿eh? Parece… relajante. Completamente plácido, de hecho. Cálido.
Nevaba en Vorbarr Sultana esa mañana. Tal vez consiguiera persuadir a Illyan para que le diera el nombre del lugar, y una vez que se hubiera quitado de encima ese maldito informe… pero Miles no tenía a nadir con quien irse de vacaciones excepto a Ivan, allí presente, y no era lo mismo.
–Si realmente te molesta, creo que deberías hablar con mi madre.
–Lo intenté. Es betana. Lo encuentra magnífico. Bueno para el sistema cardiovascular y la producción de endorfinas y todo eso. Ahora que lo pienso, probablemente mi madre y ella lo planearon juntas.
–Posiblemente. Míralo por el lado bueno. Es muy posible que la tía Alys esté tan preocupada con su propia vida amorosa que no le quede tiempo para tratar de arreglar la tuya. ¿No es lo que siempre has dicho que querías?
–Sí, pero…
–Piénsalo. Este último mes, ¿te ha dado mucho la lata para que cortejes a las muchachas adecuadas?
–Este mes… todos hemos estado muy ocupados.
–¿Cuántas pedidas de mano, bodas o venidas al mundo de los hijos de sus amistades ha descrito con detalle?
–Bueno… ninguna, ahora que lo mencionas. Excepto la de Gregor, claro. Jamás había pasado tanto tiempo sin mencionarme la estadísticas de natalidad de los altos Vor. Incluso cuando estaba de servicio en nuestra embajada en la Tierra se apañaba para enviar mensajes dos veces al mes.
–Mira lo que sales ganando, Ivan.
Ivan torció la boca.
–Fruta –murmuró –. En esos palitos.

–¿Sabes lo que ha estado pasando en tu habitación de invitados?

Miles gruñó y se pasó las manos por el cabello; indicó a Ivan que se callara, trató de recordar la brillante manera en que iba a terminar aquel párrafo, no lo consiguió, se rindió y apagó la comuconsola.

–No hace falta gritar.

–No estoy gritando –dijo Ivan –. Estoy siendo firme.

–¿Podrías por favor ser firme a un volumen un poco más bajo?

–No. Simón, ¡Illyan se está acostando con mi madre, y es culpa tuya!

–Yo… no creo que lo sea.

–Está sucediendo en tu casa, al menos. Eres de algún modo responsable de las consecuencias.

–¿Qué consecuencias?

–¡No sé qué consecuencias! No sé qué demonios se supone que debo hacer. ¿Debería empezar a llamar papá a Illyan, o desafiarlo a un duelo?

–Bueno… podrías empezar considerando la posibilidad de que no es asunto tuyo. Son adultos, según creo.

–¡Son viejos, Miles! Es, es, es… indigno. O algo así. Escandaloso. Ella es alta Vor, y él, él… es Illyan.

–Una clase propia. –Miles sonrió –. Si yo fuera tú, no esperaría un gran escándalo. Me dio la impresión de que eran, um, razonablemente discretos. Tu madre lo hace todo con buen gusto. Además, siendo ella quien es, y siendo él quien es, ¿se atrevería alguien a hacer comentarios?

–Es embarazoso. Después de la ceremonia de compromiso de Gregor, y antes de que empiecen a preparar la boda, mi madre me ha dicho que van a tomarse una vacaciones en la costa sur durante medio mes. Juntos. En una especie de complejo turístico de clase medie del que nunca he oído hablar, y que Illyan escogió porque tampoco había oído hablar de él y cualquier sitio que nunca hubiera llamado la atención de SegImp le pareció bien. Ella dice que después del compromiso quiere tumbarse en la playa en una hamaca al sol todo el día y no hacer nada, y beber esas repugnantes bebidas con la fruta pinchada en un palito, y por la noche, dijo, seguro que ya se le ocurriría algo. ¡Santo Dios, Miles, mi propia madre!

–¿Cómo piensas que se convirtió en madre tuya? Entonces no tenían replicadores uterinos en Barrayar.

–Eso fue hace treinta años.

–Tiempo más que suficiente. La costa sur, ¿eh? Parece… relajante. Completamente plácido, de hecho. Cálido.

Nevaba en Vorbarr Sultana esa mañana. Tal vez consiguiera persuadir a Illyan para que le diera el nombre del lugar, y una vez que se hubiera quitado de encima ese maldito informe… pero Miles no tenía a nadir con quien irse de vacaciones excepto a Ivan, allí presente, y no era lo mismo.

–Si realmente te molesta, creo que deberías hablar con mi madre.

–Lo intenté. Es betana. Lo encuentra magnífico. Bueno para el sistema cardiovascular y la producción de endorfinas y todo eso. Ahora que lo pienso, probablemente mi madre y ella lo planearon juntas.

–Posiblemente. Míralo por el lado bueno. Es muy posible que la tía Alys esté tan preocupada con su propia vida amorosa que no le quede tiempo para tratar de arreglar la tuya. ¿No es lo que siempre has dicho que querías?

–Sí, pero…

–Piénsalo. Este último mes, ¿te ha dado mucho la lata para que cortejes a las muchachas adecuadas?

–Este mes… todos hemos estado muy ocupados.

–¿Cuántas pedidas de mano, bodas o venidas al mundo de los hijos de sus amistades ha descrito con detalle?

–Bueno… ninguna, ahora que lo mencionas. Excepto la de Gregor, claro. Jamás había pasado tanto tiempo sin mencionarme la estadísticas de natalidad de los altos Vor. Incluso cuando estaba de servicio en nuestra embajada en la Tierra se apañaba para enviar mensajes dos veces al mes.

–Mira lo que sales ganando, Ivan.

Ivan torció la boca.

–Fruta –murmuró –. En esos palitos.


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–Me parece que sabes muchas cosas de mí –dijo Tengo. Era la primera vez que la veía sonreír. Apenas había esbozado una sonrisa, y Tengo ya notó que el nivel de las mareas estaba empezando a cambiar en el mundo que lo rodeaba.

–Me parece que sabes muchas cosas de mí –dijo Tengo. Era la primera vez que la veía sonreír. Apenas había esbozado una sonrisa, y Tengo ya notó que el nivel de las mareas estaba empezando a cambiar en el mundo que lo rodeaba.


Todo lo que te hace feliz va a terminar en algún momento.
Y nada bueno termina bien.
Es como si compras un cachorrito y lo llevas a casa para tu familia, diciendo:
“Ey, atención todos, vamos a llorar muy pronto.
Mirad lo que he traído a casa.
Lo he traído a casa para que todos lloréis dentro de algunos años.

– Louie CK
«Tal vez haya mejores clarinetistas de jazz que Barney Bigard, pero por mucho que busque no encuentro a ninguno que tocara con tanta calidez y delicadeza», le había dicho ella. Sus ejecuciones – en sus mejores momentos, por supuesto– siempre se convertían en un paisaje sensorial. Sin embargo, Tengo desconocía cómo eran otros clarinetistas de jazz. En cualquier caso, a fuerza de escucharlo se fue dando cuenta, poco a poco, de que en ese álbum el clarinete poseía una bella presencia, nada forzada, sustanciosa e imaginativa. Pero para comprenderlo tuvo que escucharlo con mucha atención. También necesitó una guía competente. Si se hubiera limitado a escuchar, lo habría pasado por alto.
«Barney Bigard tiene una forma de tocar preciosa, como un jugador, con mucho talento, de la segunda base», le había dicho ella una vez.«Sus solos son fantásticos, pero cuando mejor se aprecia su arte es en los momentos en que acompaña a otros. Hace que cosas realmente difíciles parezcan un juego de niños. Sólo un oyente atento se da cuenta del valor que tiene.»
Cada vez que empezaba la sexta pieza de la cara B del LP Atlanta Blues, ella se agarraba a alguna parte del cuerpo de Tengo y ponía por las nubes al modesto y preciso solo de Bigard, que se intercalaba entre el canto y el solo de Louis Armstrong. «¡Mira, presta atención! Al principio, de pronto suena un largo chillido, como de un niño pequeño. Quizás una efusión de sorpresa o alegría, o una muestra de dicha. Se convierte en un placentero suspiro, que avanza serpenteando por un bello cauce y se va desvaneciendo de manera natural en algún lugar armonioso y secreto. ¡Escucha! Nadie más puede tocar un solo tan conmovedor. Jimmie Noone, Sidney Bechet, Pee Wee o Benny Goodman son todos grandes clarinetistas, pero ninguno puede conseguir esa especie de delicadas obras de artesanía.»

«Tal vez haya mejores clarinetistas de jazz que Barney Bigard, pero por mucho que busque no encuentro a ninguno que tocara con tanta calidez y delicadeza», le había dicho ella. Sus ejecuciones – en sus mejores momentos, por supuesto– siempre se convertían en un paisaje sensorial. Sin embargo, Tengo desconocía cómo eran otros clarinetistas de jazz. En cualquier caso, a fuerza de escucharlo se fue dando cuenta, poco a poco, de que en ese álbum el clarinete poseía una bella presencia, nada forzada, sustanciosa e imaginativa. Pero para comprenderlo tuvo que escucharlo con mucha atención. También necesitó una guía competente. Si se hubiera limitado a escuchar, lo habría pasado por alto.

«Barney Bigard tiene una forma de tocar preciosa, como un jugador, con mucho talento, de la segunda base», le había dicho ella una vez.«Sus solos son fantásticos, pero cuando mejor se aprecia su arte es en los momentos en que acompaña a otros. Hace que cosas realmente difíciles parezcan un juego de niños. Sólo un oyente atento se da cuenta del valor que tiene.»

Cada vez que empezaba la sexta pieza de la cara B del LP Atlanta Blues, ella se agarraba a alguna parte del cuerpo de Tengo y ponía por las nubes al modesto y preciso solo de Bigard, que se intercalaba entre el canto y el solo de Louis Armstrong. «¡Mira, presta atención! Al principio, de pronto suena un largo chillido, como de un niño pequeño. Quizás una efusión de sorpresa o alegría, o una muestra de dicha. Se convierte en un placentero suspiro, que avanza serpenteando por un bello cauce y se va desvaneciendo de manera natural en algún lugar armonioso y secreto. ¡Escucha! Nadie más puede tocar un solo tan conmovedor. Jimmie Noone, Sidney Bechet, Pee Wee o Benny Goodman son todos grandes clarinetistas, pero ninguno puede conseguir esa especie de delicadas obras de artesanía.»


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